Ella

Se escucha el silencio. Con el motor apagado me incorporo para desconectar las luces y salir del coche.

– No hace falta que vengas – me dice mientras tambaleándose intenta
mantenerse erguida en el asiento.

No respondo a dichas declaraciones, sé de más que ni siquiera podrá abrir la puerta a la primera. Cojo el móvil, las llaves, agarro los volantes de mi traje de flamenca y, con paciencia y esfuerzo consigo desempotrarme del asiento.

Son las tres de la mañana de un miércoles de abril. Sevilla. Feria.

La calle está completamente vacía y solitaria. Se podría decir que tiene cierto aire melancólico. La luz de las farolas, alumbrando entre la oscuridad, sollozo silenciosa por la ausencia de gentío. Sopla una ligera brisa de aire, agradable al tacto, refrescante y sutil.

Doy la vuelta al coche, en dirección a su puerta. La abro sin prisas, intentando no sobresaltarla. Tiene la cabeza recostada, los ojos entrecerrados, la respiración fuerte. Le presto mi mano.

– Vamos – le susurro.
– Yo puedo sola – dice a la par que aparta torpemente mi brazo.

Sale del coche a trompicones, pero se mantiene estable. Yo comienzo el
meticuloso ritual para cerrar mi coche al completo. Es bastante viejo. Solo unos pocos comprenderán toda esta parafernalia.

– Estoy bien, no hace falta que me lleves a casa … Está ahí, a dos pasos.

Dirige sus ojos hacia mí, su mirada turbia. La frase apenas fue fluida,
balbuceaba. Observo su contoneo hacia un lado y hacia otro, empieza a perder estabilidad.

– Venga vamos – la tomo por la cintura y delicadamente la obligo a caminar.

El camino hasta su portal no son más que réplicas y excusas. Sé que ella es fuerte, sé que podría haber hecho todo esto sola. Pero, ¿qué necesidad existe de tal cosa?

– Ya he llegado, no entres – hace una breve pausa – es tarde.
– Cállate y abre la puerta – le digo lo más cariñosamente que puedo.
– Pero…

Con un ademán, la empujo hacia la cerradura y por fin, desiste en su intento de convencerme para que la deje sola.

Me tiemblan las piernas del cansancio acumulado tras todo el día de fiesta, la
cabeza me da vueltas y noto aún parte de todo el alcohol ingerido en mi
garganta.

Me centro en guiarla por el vestíbulo, escaleras arriba y mis manos posadas en sus caderas. Como un baile lento, ambas manteníamos un movimiento rítmico y constante. Aunque mi paso es mucho más patoso debido a la estrechez y poca elasticidad de mi vestido, el cual no me deja elevar la pierna lo suficiente como para subir los peldaños cómodamente.

Entramos en su casa.

– No hay nadie – me confirma mientras avanza hasta el salón.

Yo voy tras ella, cierro la puerta previamente, me giro y la veo quieta, inmóvil en medio de la habitación.

Me acerco despacio mientras la cojo por la cintura, extiendo mi mano derecha por su cuello. Sutil como el roce de una pluma. Sus labios entreabiertos me gritan sin cesar que los bese.
No dudo en hacerlo.

– Vete anda, vas a llegar muy tarde… – replica con tristeza mientras se aparta un poco de mí.

Acerco mi boca a su oído mientras con mis brazos rodeo su espalda. Susurro.

– ¿Por qué no te quitas la ropa, te pones algo cómo y vuelves?
– Está bien.

Mira de nuevo a mis ojos, y su expresión esta vez es más despreocupada y cariñosa.

La dejo tranquila por un par de minutos mientras yo me voy a la cocina para cocinar algo. Miro en el frigorífico. Busco algo sencillo y rápido de hacer, así que no me complico y cojo un par de huevos.

Busco una sartén limpia por toda la cocina, cajón a cajón, supervisándolos
todos. No hay suerte. En el fregadero hay un par de sartenes usadas, una de
ellas es pequeña y con una capa de aceite por encima. Lo huelo antes de
usarlo. Mi olfato me dice que no hay peligro.

Enciendo el hornillo, rompo los huevos y los bato en la misma sartén, para no tener que buscar un cuenco. Busco la sal, encuentro un bote amarillo. Parece azúcar a primera vista, pero me arriesgo y le vierto una cucharada en la tortilla aún líquida, le añado también una pizca de orégano.

Mientras se hace, cojo un bollito de pan y lo corto para hacerle un bocadillo.

Escucho como se sienta en la silla del comedor, pues no tiene miramiento
alguno por mantener el silencio. Saco la tortilla, se la pongo en el pan y le llevo el plato junto con un vaso de agua.

– Aquí tienes – la tortilla aún está humeante – ten cuidado, quema un
poco.

No obtuve respuesta, le dio el primer bocado. Antes de que me diera cuenta ya se la había comido.
– Bébete el vaso de agua
– Pero no quiero… Es mucha…
– Bébetelo – le insisto, sus argumentos no tienen apenas peso, por no
decir sentido.

Con un resoplido y una sonrisita dibujada en su rostro, coge el vaso de agua y se lo bebe entero. Por fin ha terminado.

– Mañana tengo que levantarme temprano para ir a las clases – me dice
renqueante.
– Estás loca, tú mañana no vas a ningún lado – le digo mientras le cojo el móvil – te lo voy a poner a cargar en tu cuarto, ven ahora.
– Sí, dame un momento.

Voy a su cuarto, conecto el móvil al cargador junto a su cama. Sé que no
debería hacerlo, pero ella me lo agradecerá o más bien su cabeza. Desbloqueo el teléfono y voy a “Alarmas”. Tengo que borrar al menos cuatro, pero para no complicarme decido borrarlas todas, así podrá descansar toda la noche.

– ¿Qué estás haciendo? – grita desde el salón
– Nada, estaba poniendo tu móvil y abriendo la cama – digo mientras
retiro las sábanas hacia atrás.

No tardo un instante más, pues no quiero que se dé cuenta de la jugada. Voy al salón, la ayudo a levantarse y la llevo a la cama.

– Anda, pero si están las mantas retiradas – me dice mientras se introduce lentamente.

La ayudo a meterse, la agarro por las piernas y las dejo reposar sobre el
colchón. La tapo y apago la luz. Hago un ademán de irme para la puerta, pero ella me agarra de la mano y me para en seco.

– Métete en la cama conmigo – su voz es triste.
– Sabes que no puedo, me tengo que ir, además tengo el vestido muy
sucio por debajo.
– Bueno, quédate un ratito, siéntate – es casi un ruego.

Sinceramente, ojalá pudiera quedarme con ella y pasar toda la noche a su lado, pero no podía, debía irme. Aunque estar un rato no iba a suponer un peligro para nadie.

Me siento en el borde derecho de su cama y ella se abraza a mi cintura al
instante, rodeándome con sus brazos y dejando su cara en contacto con mi
vientre. Mi mano derecha le acaricia el cabello, mientras la otra la dejo reposar en el colchón tras su espalda.

– Te quiero – me susurra casi dormida.
– Te quiero – le confieso desde el alma.

Anuncios

Un comentario sobre “Ella

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: