El tumor de la pena

Cuando respirar se hace complicado, cuando tu mente es un absoluto caos, cuando las dudas se convierten en llama, cuando los recuerdos a la memoria matan.

¿Cómo responde el cuerpo, cuando el ser yace tan muerto?

Sentir cómo tu alma devora cada dolor enquistado; lo recubre, lo moja, y arroja un mechero sobre esa tela vieja que huele horriblemente a gasofa.

Y mientras arden; te queman, te abrasan, te apalean. Sus gritos son como flechas, disparadas con certeza al blanco en el que se transformó tu cabeza.

Brota entonces la sangre, pero tú no te das cuenta. Eliminaste el tumor de la pena, aunque las brasas persisten y dejan secuelas.

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