Recuerdo 4: La jugada.

Era el partido de cuartos de aquel torneo de voleibol. Nuestro equipo era prácticamente nuevo, recién formado. Habíamos jugado apenas dos meses juntas y allí estábamos, en cuartos. Cabe destacar, que llevábamos puesta la equipación verde publicitaria, pues por aquel entonces ni siquiera teníamos equipación propia.

Era bonito cuando en el vestuario, llegaba el entrenador y nos dejaba las cajas repletas de equipaciones. Empezábamos a cantar en voz alta los números que queríamos, mientras los buscaba y nos las tiraba. No importaba la talla mientras en su serigrafía pusiera lo que tu querías. Más de una vez tuve que jugar con una camiseta en la que realmente podía caber tres veces yo.

¡El 16! – siempre fue mi número – ¡y el 11! – a menudo tenía que pedir yo el dorsal de mi mejor amiga, no sé cómo se las ingeniaba para estar cambiándose las mallas en el baño en el momento del reparto de equipaciones.

Las voces de las demás seguían energéticas y vibrantes pidiendo su dorsal, éramos como pequeños polluelos pidiendo de comer, con esas increíbles ganas de seguir, salir y vencer.

Nuestro equipo jugaba con una sola colocadora, en una formación de 5-1. Esa colocadora era yo. Mi trabajo consistía en estar siempre en la posición central del campo pegada a la red para colocar todos los balones posibles a mis rematadoras, estuviera donde estuviera inicialmente, debía llegar a cada segundo toque de balón, ocupar mi posición y colocar.

Sandra era rematadora, y nuestra conexión en el juego podría decirse que era incluso especial. Muchas veces colocaba sin mirar sabiendo que ella estaría ahí, y mis sospechas se confirmaban cuando escuchaba el golpe contundente que le asestaba a la pelota.

Pasaba siempre muy cerca de la red, se escuchaba una fuerte pero rápida ráfaga de viento, impredecible. En mis ojos se podía observar un brillo de orgullo cuando la rival a la que estaba mirando mientras colocaba ese balón fantasma, inmediatamente quedaba desubicada en su formación, perdía la posición y Sandra le otorgaba el golpe de gracia. Punto.

En aquellos cuartos de final, ocurrió. Fue un punto largo y disputado, fue el último del segundo set, nos jugábamos el partido, con el marcador 22-21 por encima de nuestro rival. Un equipo experimentado y bastante competente. Un hueso duro de roer.

Su colocadora puso un magnífico balón, que sin dudar la número 7, la rematadora que nos había hecho de las recepciones un infierno, golpeó con una fiereza animal. Ese balón envenenado iba dirigido a Sandra. Llevaba una rosca que la pilló por sorpresa pues estaba un poco retrasada de su posición. Vio el balón bajando a una velocidad vertiginosa y no dudo ni un instante en saltar hacia él.

El tiempo, se detuvo en aquella jugada.

Las manos por delante y todo su cuerpo flotando en horizontal, sobrevolando la pista,  consiguió alcanzar el balón pero muy precariamente y salió disparado con violencia hacia mi posición. Apenas pude reaccionar, no podía colocarlo debido a la baja altura que llevaba y la velocidad con la que se dirigía hacia a mi. Colocarla de dedo era imposible y recepcionarla hubiera sido prácticamente un milagro. Rodillas.

Flexioné mi pierna izquierda y alcé la rodilla, el balón impacto con la misma fuerza que un meteorito al caer a la tierra, contuve la respiración, amortigüé el golpe y la pelota se elevó hacia el cielo, como si flotara. Hubo un silencio sobrecogedor, una tensión muda pero palpable, ¿quién iría hacia ese balón? Yo, ya lo sabía.

Coloqué el balón alto, muy alto, para que a Sandra le diera tiempo a levantarse de la caída e inmediatamente correr hacia él desde la posición de zaguero y reventar la pelota. ¿Podría hacerlo?…

El sonido de un golpe contundente, una fuerte y rápida ráfaga de viento, impredecible. Vi el destello en sus ojos mientras surcaba el cielo con la mano lista para no dejar que aquel balón muriese en nuestro campo. El rostro desorientado de la numero 7 rival. El silencio absoluto, la respiración de todo el equipo contenida en un suspiro.

Punto.

Y mientras, todas corrieron hacia ella para celebrar la victoria. Yo me quede quieta, mirándola con una sonrisa de orgullo dibujada en mi cara. Ella me miró, parpadeó asintiendo y devolvió la sonrisa. El mundo recupero el aliento, el tiempo se estabilizó, la alegría inundó nuestros corazones. Vencimos.

 

 

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