Recuerdo 3: Magia.

Recuerdo cómo corríamos por la playa, ambos de un lado al otro debido a la vertiginosa sensación que nos aportó el alcohol. Nos perseguíamos sin cesar, en un tira y afloja, risas y carcajadas eran nuestra banda sonora, descalzos mojándonos los pies con las suaves olas de la madrugada.

Sentía tu mirada clavada en mis ojos, una sensación de felicidad infinita, una inundación de dulzura, de deseo… De amor. Era feliz a tu lado, no importaba el mundo mientras en tus ojos se reflejara mi rostro.

El cielo estrellado; miles de pequeños granitos de luz nos observaban en un firmamento custodiado por una imperante luna llena, apenas se distinguía el mar de aquel paraíso moteado de luz. En las aguas se reflejaban sus rayos, las olas hacían que el mar pareciese un suelo de plata con pequeños peldaños. La arena lisa, con las tenues ondulaciones que la naturaleza dejaba sobre ella, era como pisar una nube, aquella sensación anulaba la frase “con los pies en la Tierra”. La mar en calma y cálida, la brisa suave y juguetona, tus manos rozando mi cuerpo.

Mi ser se encontraba en el cenit de su dicha; nunca antes experimenté tal sensación de placer en todos los sentidos, de felicidad, de amor, de burbujas y chispas, de … podría describirlo como un orgasmo vital, que debe experimentar todo el mundo al menos una vez en la vida. Yo tuve la suerte de poder convivir con él aquella madrugada de verano a mediados de julio.

Me encontraba tan plena; que no pude evitar decirte lo que mi corazón sentía por aquel entonces, en aquel momento mágico que dejó huella en mi vida. Te agarré fuertemente la mano para que cediéramos ante la idea de seguir avanzando por la solitaria playa. Giraste sobre ti, mirándome frente a frente, tus ojos nítidos y los míos cristalinos ante la emoción. Sentí tu duda en el rostro, expectante por saber qué pasaba. Noté el corazón como un caballo desbocado que escalaba por la garganta. Centré mi vista en tus pupilas, caracterizadas con ese brillo tan peculiar que me dejaba siempre anonadada. Separé los labios, apreté tu mano, resbaló una lágrima…

-¿Quieres casarte conmigo?

En aquel momento era yo, quien moría de nervios, expectante, esperando tus palabras.

 

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