Inocencia

Y es cierto, que la inocencia es frágil. Débil igual que la delgada línea entre el éxito y el fracaso. Es cierto que la inocencia pura solo se respira en los agitados párpados de los ojos de un niño. Y es cierto que se rompe en el efímero crepitar de un sueño roto.

Dejamos de ser inocentes en el mismo instante en el que nuestro alma se desploma por primera vez. La primera de muchas; creyendo que será la última, sin saber desafortunadamente que es el comienzo de una larga carrera.

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